Guadalupe Loaeza


- Prólogos

Por Marina Castañeda

Desde los albores del movimiento de liberación gay, una de sus vertientes ha sido “sacar del clóset” a los grandes homosexuales de la historia, desde la Antigüedad hasta el presente. Los motivos de ello han sido diversos. En primer lugar, se ha tratado de mostrar que la homosexualidad siempre ha existido, en todas las épocas y todos los países, y que por tanto no podemos considerarla como un fenómeno propio de la fase decadente de las civilizaciones (como consideraron algunos historiadores de los siglos XIX y XX), ni como una desviación propia del capitalismo burgués (como lo pretendieron diversos pensadores marxista-leninistas), ni como una patología limitada a algunos individuos con serios problemas psicológicos (como lo sostuvieron muchos seguidores de Freud), ni como una moda surgida en la sociedad actual debido a la pérdida de los valores tradicionales (como suelen decir, todavía hoy, algunos voceros de los sectores más conservadores de nuestro país). Por tanto, ya no podemos pensar que la homosexualidad sea una anomalía excepcional, limitada a algunos grupos o individuos en determinados momentos o lugares. No: las listas de homosexuales a lo largo de la historia nos muestran que se trata de un fenómeno universal, que sencillamente no se conocía o cuya existencia era pasada por alto cuando admirábamos, por ejemplo, a un Miguel Ángel o a un Marcel Proust.

En segundo lugar, el listado de homosexuales eminentes ha servido para contrarrestar la idea, muy generalizada en los siglos XIX y XX, de que tal orientación era esencialmente patológica y que los individuos que la padecían eran inherentemente inmaduros, inestables, incapaces de formar vínculos y, por tanto, condenados al fracaso en todas las áreas de la vida. La existencia de tantos homosexuales geniales demuestra contundentemente que tales personas pueden llegar hasta la cima del pensamiento y la creación, con toda la madurez, constancia, disciplina y capacidad de relación e interlocución que ello implica. Aunque la mayoría de sus discípulos lo hayan olvidado, cabe recordar que el mismo Freud jamás pensó que la homosexualidad fuera una patología, y en varias ocasiones abogó por su despenalización. Como escribió en 1935, “Nuestra libido oscila normalmente toda la vida entre el objeto masculino y el femenino. . . . El psicoanálisis se alza sobre el mismo terreno que la biología al aceptar como premisa una bisexualidad original del individuo humano (o animal).”
El que la homosexualidad no sea una patología ha sido ampliamente confirmado, por una parte, por un sinnúmero de investigaciones psicológicas desde los años cincuenta del siglo pasado, y por la OMS y las principales asociaciones profesionales de psicología, psiquiatría y medicina a partir de los años setenta. Por otra parte, difícilmente se puede seguir hablando de una enfermedad, cuando existen tantos ejemplos de personas gay no sólo talentosas sino a todas luces felices y exitosas, así como parejas gay largas, estables y comprometidas, como lo revelan las estadísticas surgidas en años recientes como consecuencia de la legalización de la unión civil o el matrimonio gay. Asimismo, la creciente aceptación de la homosexualidad por parte de la sociedad en su conjunto, en muchos países occidentales, se puede observar no sólo en las encuestas, sino en el hecho de que cada vez más personajes públicos del espectáculo, las letras, las artes, el deporte y la política puedan vivir abiertamente su orientación, sin mayor problema.
En tercer lugar, la salida del clóset (por voluntad propia o ajena) ha jugado un papel importante en la inserción social, y por ende en la creciente aceptación, de la homosexualidad en todos los países industrializados de occidente. No olvidemos que la clandestinidad, con todas sus implicaciones, contribuyó durante mucho tiempo a perpetuar el desconocimiento y la homofobia: hace sólo treinta años, la inmensa mayoría de los heterosexuales podía decir, honestamente, que no conocía a nadie que fuera gay. El campo quedaba así abierto para los prejuicios y estereotipos más escabrosos y extravagantes, basados en la ignorancia, el morbo y la nota roja, y asiduamente cultivados por la Iglesia y la derecha en su conjunto, los medios masivos, y el establishment médico y psicoanalítico.

Hoy día, en los países industrializados de occidente (incluyendo México), la mayoría de la gente reporta conocer a una o a varias personas gay, lo cual ha contribuido, en una correlación directa, a una mayor aceptación de la homosexualidad. Así se ha articulado lo que he llamado el círculo virtuoso de la visibilidad: a medida que los gays salen del clóset, se vuelven más presentes y visibles en la sociedad, lo cual lleva a más aceptación porque los heterosexuales de pronto tienen amigos, colegas y familiares gay, lo cual hace que más gente salga del clóset, y así sucesivamente. Las listas de grandes homosexuales de la historia también han contribuido a esta mayor visibilidad, y por ende a un mayor conocimiento y aceptación. Libros como el de Guadalupe Loaeza son, por tanto, sumamente útiles: al presentarnos a individuos gay de carne y hueso, en lugar de teorías u abstracciones, ayudan a transformar la imagen social de la homosexualidad.
Pero este proceso sólo lleva algunos años; y es importante recordar cómo eran las cosas hasta hace muy poco, y esto aun en los países hoy más liberales—sin hablar de los menos. El texto de Guadalupe Loaeza nos muestra cómo, especialmente durante los siglos XIX y XX, los homosexuales tuvieron que luchar contra el prejuicio social y el propio: o sea la homofobia, tanto externa como internalizada. Algunos de ellos reprimieron o rechazaron su orientación y vivieron como heterosexuales, sin permitirse expresar su sexualidad y afectividad reales; otros llevaron una vida doble, llena de culpa, vergüenza, y el temor a ser descubiertos; y otros más vivieron su homosexualidad abiertamente y fueron, en muchos casos, duramente penalizados por ello. En este sentido, las listas de homosexuales famosos de la historia han servido, en cuarto lugar, para poner en evidencia los terribles costos de la homofobia.

Los textos de Guadalupe Loaeza aquí reunidos cumplen admirablemente con estas cuatro funciones. Con lujo de información biográfica y anécdotas siempre ilustrativas, dan cuenta de la gran variedad de homosexuales de talento o de genio que han contribuido a la cultura universal. Pero también nos hacen ver, con sensibilidad y empatía, la adversidad que tuvieron que enfrentar muchos de ellos a causa de la homofobia, propia y ajena. Loaeza subraya, en muchos de los personajes que nos describe, el gran valor que tuvieron para asumir su orientación y vivirla plenamente, a pesar de la incomprensión y hostilidad de su entorno. Mas aun: nos recuerda que buen número de ellos sostuvo largas relaciones de pareja, a veces de toda la vida, en el secreto.

Es un acierto importante de Guadalupe Loaeza su permanente énfasis en el amor. La sensibilidad de la autora la lleva a otorgarle a este sentimiento el lugar central que merece en todo acercamiento a la homosexualidad: más que chismes de sábanas, nos presenta historias de amor—a veces felices, a veces imposibles, a veces fallidas, tal y como sucede en la vida de cualquier persona, independientemente de su orientación sexual. El texto abarca así tanto las sombras como las luces de las vidas que describe, sin caer en una visión idealizada, pero tampoco trágica, de la homosexualidad.


Guadalupe Loaeza
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