Guadalupe Loaeza


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Les comparto este fantástico texto sobre mi novela "Las yeguas desbocadas" escrito por mi gran amigo Ernesto Murguía.

Las yeguas desbocadas

A finales del año pasado me encontré con la novela Las yeguas desbocadas de Guadalupe Loaeza. El flechazo fue instantáneo, en especial porque recordaba con enorme cariño la primera novela de esta serie: Las yeguas finas, un conmovedor retrato de la sociedad mexicana de los años cincuenta, visto a través de la mirada de Sofía, una niña de once años abrumada por la obsesión de su madre por pertenecer a una clase social que no termina de aceptarla, la distancia de su padre, la rigurosa educación de las monjas y el asfixiante corsé social impuesto a las alumnas del Colegio Francés. En esta primera entrega, Sofía se sueña con una capa mágica, muy parecida a la de Harry Potter, que la vuelve invisible a los demás y evita que su mamá le grite todo el tiempo: «idiota, bruta, imbécil». El problema es que, como pronto aprenderá la protagonista, es imposible desaparecer de nuestras propias vidas y de nuestros propios miedos.
En Las yeguas desbocadas, Sofía se descubre como una señorita de catorce años, ingenua, por un lado, pero con un enojo y una frustración acumulados durante años. Para colmo, su despertar sexual se encuentra en pleno apogeo. Un despertar sexual, por cierto, del que nadie habla, nadie opina, nadie reconoce siquiera su existencia. Hoy, los niños reciben educación sexual desde pequeños; en esa época, mencionar cómo se hacían los bebés era motivo de expulsión en el colegio. Para colmo, Sofía enfrenta nuevas y más violentas crisis familiares agravadas por la delicada salud del padre y la presencia de inesperados integrantes de la familia, sobrinas que por designio y mandato se convierten en hermanas para que la sociedad no se entere de que alguien de la familia Garay «salió con su domingo siete».
Dueña y señora de este entorno caótico, la figura de doña Inés, una de las protagonistas de la historia, se erige como uno de los grandes logros de la novela. Si desde Las yeguas finas, la mamá de Sofía y sus tantas hermanas ya era un personaje fascinante por sus contradicciones, en esta nueva entrega la matriarca de la familia está más desatada, voluntariosa y preocupada por el «qué dirán» que nunca. Es una figura trágica que en su obsesión por mantener las riendas y dictar los destinos de su familia, termina afectando profundamente la vida de todos los que la rodean. Un personajazo.
En este mundo de mentiras y presiones, donde las estrategias infantiles como el imaginario manto de invisibilidad ya no le funcionan, Sofía se encuentra en una encrucijada. Más que yegua fina, con sus modales correctos y siempre dispuesta a obedecer, es hora de sacar la casta antes de terminar atrapada en la vorágine que la envuelve. Es aquí donde la voz de la protagonista cambia, crece como personaje y como narradora, y comienza una rebelión que trae consigo no solo la humillante expulsión del Colegio Francés, sino también prohibidos apapachos con una compañera de la escuela e incipientes escarceos amorosos con algunos de los chicos de la alta sociedad que ya andan «tirándole un lazo». Combinando con maestría momentos divertidos con episodios desgarradores, la autora y su alter ego Sofía nos llevan de la mano por un delicioso recorrido de una capital que ya solo vive en la nostalgia: el Jockey Club, la Zona Rosa, el café Kineret, la residencia del Nobel francés Jean Marie Le Clezio (ídolo de doña Inés) y la recepción que la sociedad mexicana dio a Jackie Kennedy en su visita a México. Es aquí donde Guadalupe Loaeza se confirma como una de las grandes cronistas de la Ciudad de México. Pero no se trata de una visión idealizada: el ojo crítico de Guadalupe y su memoria prodigiosa aprovechan para mostrar una imagen descarnada de una sociedad hipócrita, dos caras, mustia y despiadada a la vez. Es un México donde la revista Social premia y castiga a sus adeptos, donde los chismes entre las familias más acomodadas… y desacomodadas, pueden destruir a su antojo reputaciones, exiliar a familias enteras, aplicar la ley de hielo a quien se atreva a salir del canon. En este sentido, Las yeguas desbocadas me recordó la vida de mi propia familia, la vida de tantas familias mexicanas de los años sesenta. Y este es quizá el mayor acierto de la novela: combinar el relato casi documental de una época con un punto de vista tan bonito y tan logrado como el de su joven protagonista. Es un coctel —o un highball, como diría la estirada hermana de Sofía— que ningún lector se debe perder.
 
 
No se pierdan mañana en Reforma la entrevista que me hizo Antonio Bertrán. Está buenísima!!!
 


Guadalupe Loaeza
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